Miguel Ramos
Santoña (Cantabria), 18 oct (EFE).- Las rederas de Cantabria, dedicadas al arreglo de los aparejos de los barcos de pesca, han alertado de que existe una falta de relevo generacional porque las condiciones laborales son «poco atractivas» para los jóvenes y demandan mejoras estructurales que favorezcan las expectativas.
Las 32 mujeres que desempeñan en la región esta labor «indispensable» para el sector se sienten «abandonadas» por administraciones, armadores y cofradías de pescadores, dado que son trabajadoras autónomas y nadie se hace cargo de sus reivindicaciones.
Así lo ha manifestado en una entrevista a EFE la presidenta de la Asociación de Rederas de Bajura de Cantabria (Arebaca), Soledad Alonso, quien aboga, entre otras cosas, por un incremento de las retribuciones y flexibilidad en las retenciones, formación anual remunerada para nuevas incorporaciones y adecuación de las instalaciones.
«A nosotras nos encanta ser rederas porque si no, no estaríamos aquí. Pero el hecho de que nos guste no significa que seamos felices», ha subrayado Alonso, quien lleva prácticamente toda una vida en la puesta a punto de las artes de pesca.
Sobre si convocar una huelga para dar visibilidad a su situación, la representante de las rederas cántabras reconoce que es una postura que rechazan porque salpicaría a los pescadores que se quedarían sin sustento al no poder salir a la mar.
Ha recordado que, en el pasado, el oficio lo realizaban las hijas o las madres de los armadores, pero hoy en día se ha profesionalizado y los jóvenes no encuentran en esa actividad oportunidades de crecimiento y desarrollo a largo plazo.
«Es un trabajo manual muy sacrificado que no cambia, hay que estar como autónomo y disponible los fines de semana», ha desgranado Alonso, a lo que añade que las naves dispuestas para las trabajadoras, por ejemplo en el puerto Santoña (Cantabria), carecen de un estado óptimo para realizar la labor durante horas.
«La gente no se anima… En los cursos de formación se apuntan 36 personas y luego aparecen 4», ha afirmado Alonso, por lo que sugiere organizar una escuela-taller de un año de duración con dotación económica para favorecer las incorporaciones.
Las rederas no disponen de un calendario ni horario preestablecido. Trabajan en función de las necesidades de los armadores que traen al puerto redes rotas para que sean cosidas cuanto antes para proseguir la faena.
«Si hay una avería que le falta paño y el barco tiene que llevarse ese arte, tenemos que echar horas hasta terminar. Lo puedes hacer en vez de en un día, en dos, pero al tercero ya sentimos la presión», ha apuntado Alonso.
Por el contrario, ha aclarado que cuando no hay roturas tienen que quedarse a la espera en casa «sin cobrar un céntimo y pagando la Seguridad Social». «Vamos quitando y al final no se llega al salario mínimo interprofesional», ha lamentado.
Salvo por un parón para cuidar a su hija cuando antes no había posibilidad de conciliación, las manos de Soledad Alonso llevan la huella de alguien que, desde los 17 años, teje con destreza agujeros con aguja e hilo.
Un «castigo» por suspender dos asignaturas en el instituto le llevó a conocer un mundo en el que el «salitre entra en la sangre» y un modo de vida «alegre» entre compañeras que, poco a poco, se fueron transformando en confidentes y hermanas.
«Todo ha cambiado en la mar menos nosotras que seguimos siendo las mismas, pero más viejas», sentencia. EFE
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