Generaciones enteras de argentinos están marcadas por una serie de historietas. Mafalda logró, con el paso del tiempo, convertirse en uno de los grandes clásicos nacionales: en la que cada frase, cada viñeta, cada dibujo se encuentra grabado a fuego en la memoria colectiva de un país. Es por esta razón que Damián Kirzner, reconocido director de cine, tomó la decisión de armar Mafalda Inmersiva, una propuesta que trae a la vida real los dibujos que Quino creó en la década del 60.
Este proyecto no lo lleva adelante en soledad, sino que se trata de un trabajo en conjunto con especialistas en el área de crear narrativas inmersivas y con los conocimientos tecnológicos para poder llevarlo a la vida.
El Centro Cultural Recoleta fue el elegido para albergar esta obra de arte. Dispuesta en 14 salas, con un total de 1.300 metros cuadrados, propone los mejores 60 minutos en la vida de un fanático de la tira cómica. Aquí se genera la posibilidad de ver en tamaño real algunos de los personajes icónicos, que no solo nos hicieron reír sino también pensar y reflexionar. Teleshow estuvo presente el día previo a la inauguración oficial, que se lleva a cabo este jueves 1° de octubre, y vivió esta experiencia de primera mano.
En los primeros metros del recorrido, la nostalgia se hace carne. Damián, con el nerviosismo de una persona que está por presentar al mundo un trabajo que le llevó mucho tiempo, habló con este medio antes de hacer la presentación oficial.
Kirzner lleva más de una década al frente de Mediamorfosis, un festival itinerante que recorre el mundo y al que atribuye la formación que le permitió concebir una muestra de esta escala. “Hace tres años conecté mi amor por Mafalda de toda la vida con la posibilidad de hacer una muestra inmersiva”, contó el director. La familia de Quino recibió la propuesta con aprobación y le hizo un pedido concreto: que la experiencia llegara también a las nuevas generaciones. “Construimos una muestra que sirve para que los grandes nos encontremos y nos emocionemos con la Mafalda de siempre y los chicos la descubran jugando”, explicó.
El vínculo de Kirzner con la historieta es personal. Se reconoció como “muy Felipe, muy fantasioso, enamoradizo” y recordó no haberse animado, igual que el personaje. Disfrutó la tira durante su infancia y adolescencia, y esta relectura para elaborar la muestra le confirmó lo que siempre sospechaba: “Te das cuenta de que está tan vigente como siempre”.
Para el director, esa vigencia de la tira tiene anclajes concretos. “Antes se hablaba de la paz en el mundo por la guerra de Vietnam, pero ahora podemos hablar de otras cuestiones”, dijo, y enumeró: “El rol de la mujer, cuidar el planeta, la amistad entre los chicos y cómo chicos diferentes se pueden querer aunque sean distintos”.
Kirzner definió su rol con una comparación futbolera: “Me siento un poco un Scaloni, que pude tener el equipo que quiere”. La producción articuló colaboradores de Argentina, España, Gran Bretaña y otros mercados internacionales.
La experiencia de usuario y el storytelling del recorrido —“algo así como el guion, porque acá el guion cambia porque vos vas caminando y desarrollándolo”, explicó Kirzner— estuvo a cargo de Belén Santo-Olalla, con sede en Madrid y con antecedentes en proyectos transmedia de Game of Thrones. La puesta técnica y la logística de itinerancia las manejan Andy Gaudenzi y su equipo de Crash Bang, que actualmente lleva la muestra del mundo Pixar por distintos países.
Los herederos del historietista estuvieron presentes a lo largo de todo el desarrollo, con intervención en cada autorización para garantizar el cuidado de la propiedad intelectual. Kirzner contó que la noche anterior a la inauguración hubo lágrimas. “Para ellos es muy importante mantener vigente a Mafalda”, señaló, y ubicó a la tira en un panteón propio de la cultura nacional: “Lo mejor del ser nacional argentino es Mafalda, que está ahí con Gardel, Messi, Maradona, el Papa Francisco”.
El director también habló sobre el estado con el que llegó al estreno de la muestra: “Estoy pleno. Son tres años de trabajar, de desarrollarlo, de ver que se van concretando”. Y agregó sus primeras experiencias en tiempo real: “Nos damos cuenta de que la muestra está funcionando de manera extraordinaria, que la gente se conmueve, que le llega, que la disfruta.”
La experiencia de usuario y el storytelling del recorrido estuvo a cargo de Belén Santa-Olalla, quien describió el trabajo como “un reto maravilloso” que exigió una responsabilidad particular: “Al final es un corpus de casi dos mil tiras con un montón de historias. Entonces, elegir qué historias son las que se quedan y cómo las hilvanas para que tenga sentido y que sea un recorrido disfrutable, ese es el reto.”
El proceso demandó años de conversaciones y ajustes, pero Santa-Olalla rechazó la palabra “difícil” para describirlo. “No ha sido difícil en cuanto a que era muy disfrutable. Encontrar cómo unas ideas conectaban con otras fluía porque Quino era un maestro y los temas que tocaba no dejaban puntada sin hilo”, señaló. Lo que sí implicó fue tomar decisiones dolorosas: “Hay tiras que tenés que dejar fuera con mucho dolor. Pero creo que hemos hecho un trabajo de selección que tiene sentido y que la gente va a recordar.”
Española de origen, Santa-Olalla desmintió con su propia historia el supuesto carácter exclusivamente local de la tira. “En Argentina se vive como que Mafalda es muy argentina, pero en España es universal”, afirmó. Ella misma la leyó por primera vez de chica, a partir de un ejemplar de Diez años con Mafalda que había en su casa. “Cuando empecé a leerlo no sabía que era argentina. La nena hablaba raro, usaba palabras que no conocía, pero para mí era como si fuera española”, recordó. Y concluyó con un análisis desde el presente: “Aunque es rabiosamente de Argentina, es a la vez rabiosamente universal. Eso es lo que ha permitido que haya podido llegar tan lejos”.
Su llegada al proyecto tiene un origen directo: el vínculo de una década con Kirzner a través del festival Mediamorfosis. Cuando el director la contactó, fue deliberadamente misterioso sobre los detalles. “Siempre fue como muy misterioso: ‘todavía no puedo contarte’. Pero el día que dijo Mafalda dije: ‘Firmo’”, contó entre risas.
Sobre las expectativas de cara al público, Santa-Olalla describió su deseo en términos personales: “Mi sueño es que sientan un poquito de lo mismo que hemos sentido nosotros, que ha sido emoción, ternura, nostalgia, compromiso.”
Para los adultos, apuntó a la dimensión política de la tira: “Hay algo de la lectura política que vamos a hacer los adultos que está ahí y que es tan importante que sigamos haciendo esa pregunta que se hace Mafalda siempre”.
Para los más chicos, citó una frase de Quino: “¿No es increíble todo lo que puede tener adentro un lápiz? Que conecten con esa parte de la creatividad y tengan ganas de crear ellos también”.
Desde el momento en que se ingresa a la experiencia, la nostalgia se hace presente y acompaña cada uno de los pasos por las 14 salas. Lo primero que recibe al visitante es una sala oscura, con una pantalla como protagonista y banquitos blancos para sentarse. Allí, con la narración del propio Kirzner, se presenta la muestra y lo que sigue es un recorrido por el interior de la vida de estos personajes, llevado a escena con un nivel de detalle que se nota en cada rincón.
Entre las propuestas se incluye el juego, pensado tanto para niños como para adultos, de encontrar a Burocracia, la tortuga familiar, en cada una de las habitaciones.
En la primera sala la idea es vivir un día con los personajes, a través de una maqueta interactiva que recrea el barrio en el que vivía la protagonista. Allí se los ve en su cotidianidad: en el colegio, jugando, en familia. El visitante, sin saberlo, se convierte en parte del relato, observando cada interacción como si estuviera sucediendo de manera real.
El recorrido sigue con un pasillo que lleva a uno de los lugares más importantes de toda la tira: el departamento de la familia. No solo se puede caminar por el lugar que Quino creó años atrás, también se pueden oler los aromas que imaginó al escribirla, ver las hormigas que el papá de Mafalda tanto odiaba, los dibujos de Guille en las paredes y, sobre todo, la sopa que la pequeña odiaba con vehemencia y se negaba a comer en cada ocasión.
De ahí se pasa a la habitación de Mafalda, rodeada de sus sueños, sus juguetes, sus visiones acerca del futuro y su pasión por el espacio. Con la intención de dosificar la emoción, después se propone un espacio de juego y goce.
Tal vez por esa misma razón, la sala siguiente también es distendida, aunque no por eso menos emotiva. Kirzner y su equipo tuvieron que elegir algunos de los récords que se generaron a lo largo de los cincuenta años de la tira, y en una serie de pantallas plasmaron los mensajes que dejó a lo largo de su historia: paz, igualdad social, calentamiento global, entre otros. Entre las decisiones de la producción, no podía faltar el almacén de Manolito, recreado con los deberes del personaje a medio hacer, el olor de las conservas y los fiambres, y las especias.
Otro de los infaltables era un cuarto completamente dedicado a Susanita, la amiga de Mafalda que tenía el sueño de casarse, formar una familia y ser madre. Por ese deseo, armaron todo un cuarto en color rosa, con espejos, pantallas interactivas que cambiaban al tocarlas y una temática completa alrededor de los bebés.
Kirzner había descrito la noche previa a la inauguración como un momento atravesado por las lágrimas de los herederos de Quino, para quienes, según sus palabras, “es muy importante mantener vigente a Mafalda”. Esa misma vigencia fue la que buscó capturar cada una de las 14 salas del recorrido, en las que cada paso, cada cuarto, cada aroma que se inhala está pensado a la perfección para llevar a la gente a auna época especificia, a un recuerdo en particular y a un momento de felicidad asociado con la tira.
Fotos Jaime Olivos











