Jose Antonio Mateo Flórez, oriundo de Puebla de Sanabria, en Zamora, trabajaba como técnico de electromedicina en el Hospital 12 de Octubre cuando un día de septiembre de 1973, a sus 40 años, descubrió algo que le cambió la vida. Mientras esperaba a que se calentara un equipo de rayos X, tomó una radiografía velada, una cartulina y un bisturí y comenzó a hacer rasguños sobre la superficie. Notó que se generaban distintos tonos y a partir de ahí desarrolló una nueva técnica artística: el grapel.
Al tener que bautizar su hallazgo, decidió fusionar las raíces de las palabras. “Cuando descubrí la técnica, tenía que ponerle un nombre… La primera sílaba de grabado y película es Grapel”, explica Mateo a Enric Sánchez en ‘Vidas Contadas Podcast’. Ahora, 53 años después, el artista logra extraer hasta 17 tonos distintos en un grosor inferior a un milímetro: doce en la capa de emulsión química negra y cinco en la base plástica azulada. Su método no tiene pigmento alguno, sino que esculpe la imagen sustrayendo materia. “Partimos de un todo y es quitar materia. El cuadro que yo empiezo ya está hecho, luego no es más que quitar lo que sobra”, afirma rememorando la célebre cita de Miguel Ángel.
Esta tarea requiere una concentración absoluta, puesto que la elaboración de una pieza pequeña exige entre 100 y 150 horas de trabajo, mientras que monumentos emblemáticos como la Sagrada Familia, el Acueducto de Segovia o la Plaza del Obradoiro le han llevado un año entero de dedicación. Para ello, Mateo resume que cuenta con “muy buen pulso también y paciencia infinita”. Al final, “hay que juntar muchas cosas para hacer el grapel”, pero sin duda “la paciencia es la madre de la criatura, porque no vale correr”.
“Conocer en vida que se valora mi arte, que mi vida no ha sido inútil”
Lejos de llevar una jubilación pasiva, el día a día de Mateo sigue una rutina rigurosa centrada en su taller y en su familia. Cada mañana se levanta, se asea, desayuna y se dedica a “grapelear” hasta las diez y media o las once. En ese momento hace una pausa para dar el desayuno a su esposa, quien padece alzhéimer y se encuentra casi inválida, para luego retomar su labor artística. Con más de 500 cuadros producidos a lo largo de su carrera, Mateo encuentra en esta disciplina su principal motor vital. “Encontrar esto ha sido mi vida. Es algo que le tengo tanto cariño y cada cuadro, pues imagínate, es conseguir una meta”, admite.
En cuanto a su estilo de vida, prescinde de dietas estrictas y modas de salud modernas. Reconoce que sobrevivió al hambre de la posguerra y que hoy disfruta de los placeres sencillos sin excesos. “Mi vinito y mi cervecita, porque también me gusta… el vinito es algo sagrado”, relata divertido. Tampoco le obsesionan las redes sociales ni los teléfonos inteligentes, más bien prefiere mantenerse alejado de las pantallas para no perder tiempo de creación.
A diferencia de otros creadores, Mateo no comercia con sus piezas ni busca el lucro: “No es el dinero lo que me lleva a seguir haciendo grapple. Mi ilusión siempre ha sido que mis cuadros vayan a museos”, asevera firmemente durante la entrevista. Ante la perspectiva del paso del tiempo y la muerte, el artista se muestra sereno y enfocado en seguir creando. “A mí no [me da miedo morir]. Cuando llegue la hora, pues llega, pero no pienso en ello”, asegura.
En estos momentos, su mayor ambición es comprobar el impacto de su legado en vida: “Si consigue uno algo de fama, más fama que dinero, eso sí me gustaría”, afirma. Bajo su visión, “conocer en vida que se valora mi arte, que mi vida no ha sido inútil”.












