Arturo Beltrán Leyva —uno de los principales líderes del grupo criminal que llevó su apellido y durante años aliado del Cártel de Sinaloa— construyó, según el relato de Sergio Villarreal Barragán, “el Grande”, una relación personal con la fe hecha de símbolos, rituales y supersticiones.
No era una religiosidad convencional. El testimonio recogido en Narcocracia, de la periodista Anabel Hernández, describe a un hombre que se presentaba como católico, acudía a misa, tenía imágenes de la Virgen de Guadalupe y San Judas Tadeo en sus residencias, levantaba altares para familiares fallecidos y hacía donativos a la Iglesia. Pero, al mismo tiempo, seguía rituales de santería, utilizaba cadenas de colores, recurría a sacrificios de animales y tomaba decisiones de negocios y seguridad con base en las advertencias de un consejero espiritual cubano al que conocían como “el Willy”.
La versión de Villarreal Barragán ofrece una ventana a las contradicciones del poder criminal: un jefe que rezaba antes de iniciar el día, pero que dirigía una estructura armada vinculada con el tráfico de drogas, operaciones violentas y corrupción institucional.
Entre el catolicismo, los altares y las oraciones privadas
De acuerdo con “el Grande”, Arturo Beltrán Leyva mantenía una relación visible con símbolos del catolicismo. En las casas de seguridad y oficinas que ocupaba, afirma, había altares dedicados a San Judas Tadeo y a la Virgen de Guadalupe. En fechas como el Día de Muertos, además, mandaba instalar ofrendas con fotografías de familiares fallecidos y de personas cercanas.
Villarreal Barragán sostiene que Beltrán Leyva también visitaba iglesias de la Ciudad de México. Entre los lugares que menciona se encuentra la Parroquia de la Esperanza de María en la Resurrección del Señor, situada en la zona de Perisur, cerca de una de las residencias que el capo habría utilizado en Jardines del Pedregal.
Las visitas no eran discretas. Según el relato, Beltrán Leyva acudía vestido con ropa extravagante y acompañado por un fuerte despliegue de seguridad. Afuera de los templos, dice, se desplegaban camionetas, escoltas armados y presuntamente patrullas de corporaciones policiales. Dentro, “el Grande” asegura que entraba con armas ocultas y se mantenía atento a cualquier movimiento.
El capo se sentaba, se hincaba y rezaba. Para Villarreal Barragán, no era sencillo descifrar qué buscaba Beltrán Leyva en esas ceremonias religiosas. “¿Por qué piensa que iba a la iglesia? ¿Qué buscaba?”, le pregunta Hernández en una de las entrevistas. La respuesta es incierta: el testigo afirma que no sabía con precisión, pero que el narcotraficante mantenía una devoción constante por figuras religiosas y procuraba dar dinero como ofrenda.
“El Willy”: el asesor cubano y la santería como método de protección
La dimensión más singular del relato aparece en la figura de “el Willy”, un hombre cubano al que Villarreal Barragán identifica como el asesor espiritual de Arturo Beltrán Leyva.
Según “el Grande”, Arturo había empezado a interesarse en la santería luego de sus viajes a Cuba en tiempos de Amado Carrillo Fuentes. Cuando Villarreal volvió a trabajar con él, años después de haberlo conocido en Ciudad Juárez, encontró a un Beltrán Leyva distinto: ya no sólo vestía ropa vaquera, botas y cadenas ostentosas; también usaba collares de colores asociados a prácticas religiosas afrocubanas.
“El Willy”, según la descripción del exnarcotraficante, era quien realizaba “limpias”, consultaba caracoles y aconsejaba al jefe criminal sobre los días propicios o peligrosos para trabajar. Villarreal Barragán lo describe como un personaje de presencia constante alrededor de Beltrán Leyva, capaz de influir en decisiones cotidianas de la organización.
Una de las reglas más llamativas era que Arturo Beltrán Leyva evitaba realizar operaciones importantes los martes. La instrucción, según el testimonio, venía del asesor cubano, quien le habría dicho que ese día era de mala suerte para los negocios. En consecuencia, el jefe criminal no discutía asuntos relevantes, no autorizaba operaciones y se mantenía al margen de decisiones vinculadas con el tráfico de drogas o los movimientos de su organización.
La excepción, relata Villarreal Barragán, eran las operaciones ya iniciadas: si un cargamento estaba en tránsito o una actividad no podía detenerse, los subordinados se encargaban de resolverlo sin consultar directamente a Beltrán Leyva.
Sacrificios, perfumes y cadenas de colores
El ritual cotidiano de Arturo Beltrán Leyva, tal como lo describe “el Grande”, comenzaba temprano. Villarreal Barragán afirma que antes de ponerse los zapatos, Arturo se acostaba o se sentaba en la cama y recitaba oraciones vinculadas con la santería en un lenguaje que él no comprendía. Eran prácticas breves, de algunos minutos, pero reiteradas.
Después venía otro de los rasgos que más recuerda el testigo: el uso excesivo de perfumes. Según su relato, Beltrán Leyva mezclaba numerosas fragancias y se rociaba tanto que incluso podía mojarse la camisa. “Así nadie olía como él”, habría dicho el capo.
El libro también recoge referencias a rituales con sacrificios de animales. Villarreal Barragán asegura que se utilizaban gallinas, borregos o chivos y que la sangre era derramada sobre imágenes religiosas o figuras sagradas, mientras Beltrán Leyva pronunciaba oraciones que conocía de memoria.









