La frase aparece en El libro de los Espíritus, una de las obras centrales de Allan Kardec. El planteo no apunta solo a la conducta de quienes hacen el mal, sino también a la pasividad de quienes defienden el bien.
La frase aparece en El libro de los Espíritus, una de las obras centrales de Allan Kardec. El planteo no apunta solo a la conducta de quienes hacen el mal, sino también a la pasividad de quienes defienden el bien.