Cada mes de octubre, el Teatro Campoamor de Oviedo despliega su alfombra azul para acoger a las personalidades más influyentes de la ciencia, las letras, el deporte y las artes. Sin embargo, en la historia de los galardones que presiden los Reyes, entonces Príncipes de Asturias, pocas ediciones se recuerdan con tanto revuelo social y mediático como la de 2007. Aquel año, el foco de la crónica no estuvo puesto únicamente en la presencia de don Felipe y doña Letizia, ni en el impresionante desfile de celebridades internacionales, sino en un asiento completamente vacío en la primera fila del patio de butacas: el que estaba reservado para Bob Dylan.
Distinguido con el prestigioso Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2007, el cantautor de Minnesota decidió que no acudiría a la capital asturiana a recoger el galardón de manos del heredero a la Corona. Mientras la realeza española, la plana mayor de la cultura y la diplomacia llenaban el teatro ovetense con la solemnidad habitual, Dylan optó por mantenerse fiel a su calendario laboral y a su gira interminable de conciertos. Aquella misma noche del viernes 26 de octubre, el músico se subió al escenario del Qwest Center en Omaha, una localidad de Nebraska situada a más de 7.000 kilómetros de Oviedo, prefiriendo su guitarra y sus vaqueros al protocolo de gala.
El plantón del compositor se convirtió al instante en la comidilla de los corrillos sociales y en el tema estrella de las tertulias del corazón. En un universo como el de la realeza, donde cada minuto está medido al milímetro, el desinterés de Dylan por la pompa palaciega descolocó a organizadores e invitados. Su figura, siempre envuelta en un halo de misterio y desdén hacia el estrellato convencional, cobró todavía más fuerza al protagonizar una de las anécdotas más comentadas en los anales de la Corona española.
El homenaje de Felipe VI al premiado
La confirmación oficial de que Dylan no pisaría Asturias llegó a través de una escueta carta remitida por el propio artista a la Fundación. En el mensaje, el músico agradecía con cortesía institucional el reconocimiento, pero dejaba claro que sus compromisos profesionales con el público estadounidense estaban por encima de cualquier ceremonia. “Me siento enormemente honrado de recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Desearía poder estar presente para recogerlo en persona, pero debido a compromisos de gira previamente adquiridos en Estados Unidos me resulta imposible acudir”, justificó el artista a través del texto que se hizo público en las jornadas previas.
La ceremonia se desarrolló en una edición repleta de estrellas que sí acudieron a la cita con los Príncipes de Asturias. En el escenario del Campoamor coincidieron nombres de la talla del expiloto de Fórmula 1 Michael Schumacher (galardonado en Deportes), el exvicepresidente estadounidense Al Gore (Concordia) y el escritor israelí Amos Oz (Letras). A pesar de la destacada nómina de asistentes, la sombra de Dylan planeó sobre todo el acto.
Lejos de esquivar el desplante, Felipe dedicó parte de su discurso de clausura a ensalzar la trayectoria del músico, destacando cómo sus composiciones habían servido de banda sonora para varias generaciones y alabando su capacidad para convertir la música popular en poesía viva, asumiendo su ausencia con total elegancia y naturalidad institucional.
La personalidad de Bob Dylan
La espantada de Bob Dylan en Oviedo no fue un hecho aislado ni una falta de respeto improvisada contra la Casa Real española, sino una demostración más de su singular personalidad. A lo largo de sus seis décadas de carrera, el cantautor ha cultivado una alergia casi patológica a las galas multitudinarias, los discursos de agradecimiento y las alfombras rojas. Para la crónica social de la época, su negativa a viajar a España fue simplemente “puro Dylan”: un artista que no concede entrevistas personales, que apenas habla con el público durante sus actuaciones y que huye de cualquier tributo que huela a institución oficial.
Lo vivido en el Teatro Campoamor funcionó casi como un ensayo general de lo que sucedería nueve años más tarde a escala global. En 2016, cuando la Academia Sueca tomó la decisión de concederle el Premio Nobel de Literatura, Dylan repitió la jugada paso por paso: tardó días en coger el teléfono a los miembros del comité, no asistió al banquete de gala en Estocolmo en el mes de diciembre, enviando a su amiga Patti Smith a interpretar ‘A Hard Rain’s A-Gonna Fall’ y terminó recogiendo la medalla meses después en una ceremonia secreta y sin cámaras. Una actitud que en 2007 privó a doña Letizia y a don Felipe de la foto con el genio de Duluth, pero que terminó de consolidar su leyenda de icono inalcanzable.









