Cuba atraviesa una de las peores crisis económicas y sociales desde la llegada de Fidel Castro al poder en 1959. Hoy, el 90 % de la población vive en situación de pobreza extrema y 7 de cada 10 cubanos se ven obligados a reducir su ingesta diaria de alimentos. A esto se le suman apagones masivos generalizados y un éxodo migratorio histórico que ya se cobró más del 10 % de la población total, vaciando al país de fuerza de trabajo y jóvenes profesionales.
Durante su intervención ante la Asamblea General de la ONU, Donald Trump calificó al Gobierno cubano como un Estado “absolutamente fallido” y pronosticó abiertamente que “caerá”, lo que provocó que la delegación cubana abandonara el recinto en señal de protesta.
Poco después, un informe de CBS News encendió las alarmas al revelar que la Reserva del Ejército de Estados Unidos evaluaba proporcionar al Comando Sur unidades de apoyo policial y médico en los meses siguientes, especulándose con una eventual operación en la isla. Sin embargo, el propio Trump desmintió una acción militar inminente e introdujo un matiz inesperado: afirmó que esperaba alcanzar un acuerdo con La Habana y que no creía que fuera necesaria una intervención de la fuerza armada.
El factor Venezuela y el cerco energético
Durante más de dos décadas, Venezuela fue el principal sostén político y el proveedor vital de petróleo para Cuba. No obstante, la captura de Nicolás Maduro en Caracas por parte de fuerzas estadounidenses en enero de 2026 dejó al régimen cubano en una soledad inédita.
A esto se sumó la orden ejecutiva firmada por Trump para imponer aranceles a los países que suministren crudo a La Habana. Como consecuencia, los envíos habituales desde Venezuela y México se interrumpieron drásticamente, paralizando el transporte, profundizando los cortes de luz e impactando en la distribución básica de insumos.
“Trump Island”: la paradoja de cayo Santa María
En medio de este escenario crítico, emerge una escena que resume la paradoja histórica de la revolución. En cayo Santa María, una pequeña isla de playas paradisíacas en la costa norte, un grupo inversor con sede en Dubái –encabezado por el empresario Ali bin Haidar– propuso construir un complejo turístico de lujo con dos torres y cúpulas doradas bajo el nombre de “Trump Island”.
Pese a lo que significaría denominar un enclave turístico con el apellido del mandatario estadounidense en la Cuba socialista, el Gobierno cubano no rechazó la propuesta. Por el contrario, las autoridades firmaron una carta de intención para la adquisición de terrenos.
El viceministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Carlos Fernández de Cossío, fue contundente al respecto: señaló que La Habana no tendría razones para impedir una inversión vinculada a Trump, siempre que respete las leyes locales. La urgencia por captar capital extranjero ha llevado a la cúpula cubana a evaluar proyectos impensados tiempo atrás.
La estrategia de la Casa Blanca combina la asfixia económica con la puerta abierta a una transición transaccional. En septiembre, el secretario de Estado, Marco Rubio, anunció duras sanciones contra empresas estatales de níquel, compañías gestionadas por los militares y altos funcionarios cubanos.
Por su parte, el canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, respondió en la ONU denunciando un “bloqueo genocida y despiadado” destinado a inducir una crisis humanitaria, asegurando que Cuba no negociará “bajo amenazas, chantajes ni asfixia económica deliberada”.
Del Che a la búsqueda desesperada de capital
Antes del triunfo revolucionario de 1959, Cuba funcionaba como un centro de entretenimiento e inversión para Estados Unidos. La llegada al poder de Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara derrocó a Fulgencio Batista, nacionalizó las propiedades norteamericanas y alineó la isla con la Unión Soviética, convirtiéndola en el epicentro continental de la Guerra Fría.
Más de seis décadas después, el sistema político sobrevivió a la caída de la URSS, pero llega a esta nueva encrucijada con la infraestructura colapsada y dependiendo del capital externo que alguna vez expulsó.
Mientras la presión de Washington aumenta y los más de 4 millones de cubanos en el exilio observan con expectativa, la isla se debate entre la asfixia definitiva, una crisis humanitaria mayor o una negociación pragmática que cambie su rumbo para siempre.








